eth lima

Web3 presume de redes distribuidas, pero muchas veces sigue construyendo comunidades alrededor de las mismas dinámicas de centralización que dice querer superar.

Por: Yamille Celis, Líder Ethereum Lima

Hay algo que me llama la atención cada vez que escucho la misma frase: “necesitamos más adopción”, aparece en conferencias, hackathons, spaces y reuniones de comunidad, pero después de varios años en el ecosistema, empiezo a preguntarme si realmente ese es el problema, porque talento no falta, ni eventos, ni contenido ni iniciativa; solo viendo Latinoamérica, una región que todavía tiene mucho camino por recorrer frente a otros mercados, encontramos decenas de comunidades, programas educativos y personas dedicando tiempo y energía a acercar estas tecnologías a más gente, sin embargo, seguimos hablando de adopción como si estuviéramos esperando que algo ocurra.

He visto comunidades que buscan colaborar, pero terminan acercándose a las mismas personas; proyectos que llegan con soluciones muy claras antes de conocer del todo el contexto en el que quieren participar, espacios donde la conversación gira alrededor de la comunidad, aunque muchas veces la atención termina concentrándose en quienes la representan y organizaciones que hablan de ecosistema mientras siguen intentando definir cuál es exactamente su lugar dentro de él y con el tiempo he llegado a pensar que quizás el desafío no es únicamente atraer más personas, sino aprender a construir ecosistema sin querer estar siempre al centro.

Hace poco escuché la presentación de un estudio vinculado al MIT sobre el ecosistema gastronómico peruano, presentado en el GLI Forum Latam 2026, entre decenas de ecosistemas, ciudades, sectores y casos de innovación analizados alrededor del mundo, la gastronomía peruana fue tomada como objeto de estudio para entender cómo se construyen, sostienen y transforman redes complejas a lo largo del tiempo. ¿El secreto? Que en realidad no hay secretos, las recetas, las técnicas y los aprendizajes se comparten, el secreto de un ceviche, de un arroz con pollo o de una preparación familiar no se guarda; se transmite, se enseña, se adapta, se enriquece con cada persona que la hace suya y quizás por eso la cocina peruana no creció como una suma de esfuerzos individuales, sino como un ecosistema vivo y diverso.

Se convirtió en un ecosistema porque cocineras, productores, mercados, investigadores, escuelas, restaurantes, festivales, medios y comunidades fueron construyendo conexiones que trascendían a cualquier actor individual y es que los ecosistemas más fuertes no dependen de un único nodo, se sostienen porque el conocimiento, las oportunidades y la colaboración circulan más allá de cualquier protagonista, incluso cuando algunos actores desaparecen, la red continúa.

Y resulta curioso que quienes trabajamos en blockchain entendamos tan bien el valor de una red distribuida cuando hablamos de tecnología, pero nos cueste tanto aplicarlo cuando hablamos de personas, sabemos que una blockchain es más resiliente cuando no depende de un único nodo, sabemos que la confianza emerge de la red y no de una sola autoridad, sin embargo, muchas veces seguimos construyendo comunidades, proyectos y organizaciones alrededor de las mismas dinámicas de centralización que decimos querer superar.

Quizás ahí aparece el ego, no necesariamente como arrogancia, sino como la necesidad de ocupar el centro de la conversación, de concentrar reconocimiento, de convertir el ecosistema en una extensión de nuestra propia identidad, y cuando eso ocurre, dejamos de construir redes y empezamos a construir dependencias.

Decimos que web3 nació para replantear cómo coordinamos personas, recursos y confianza a escala, pero antes de los protocolos, los contratos inteligentes o las DAOs, ya existían comunidades capaces de gestionar recursos, transmitir conocimiento y sostener proyectos colectivos durante generaciones, por eso creo que, si queremos que más personas participen en este ecosistema, no basta con explicar mejor la tecnología, necesitamos escuchar aquello que los territorios, las culturas y las comunidades ya saben sobre construir confianza y sostener lo común, la tecnología puede ampliar esas posibilidades, pero no reemplaza aquello que hace que una comunidad quiera permanecer: historias, símbolos, memoria, identidad y sentido de pertenencia.

Entonces ¿Qué pasaría si moviéramos esa misma lógica al ecosistema Web3?

Menos miedo a compartir lo que nos funciona, menos obsesión por apropiarnos de cada logro, menos necesidad de reconocimiento, más memoria, más colaboración real y más orgullo por construir algo que pueda crecer más allá de uno mismo.
Y por eso creo que quizás la Web3 no necesita más protagonistas, sino más personas dispuestas a construir algo de lo que podamos sentirnos orgullosos en conjunto y así la adopción deje de sentirse como una meta pendiente y empiece a parecerse más a una consecuencia natural: la de un ecosistema al que sí vale la pena pertenecer.