La especialista argentina Belén Ortega acuñó el concepto de “sedentarismo cognitivo” para describir un riesgo silencioso de la inteligencia artificial: dejar de ejercitar el pensamiento propio
Mientras las advertencias sobre la IA suelen centrarse en escenarios extremos (desde riesgos existenciales hasta la pérdida masiva de empleos), hay especialistas que ponen el foco en la erosión progresiva de nuestra capacidad de pensar por cuenta propia. Belén Ortega, empresaria y especialista en inteligencia artificial, bautizó a este fenómeno como “sedentarismo cognitivo” en su reciente libro, y lo compara con lo que ocurre cuando el cuerpo deja de moverse: cuando delegamos por completo el criterio, la memoria o la creatividad en una IA, esas capacidades empiezan a atrofiarse.
Una brecha que ya no es solo económica
Para Ortega, el riesgo no se limita a lo individual. Advierte que la sociedad podría dividirse entre quienes conservan y entrenan su capacidad de pensamiento crítico, y quienes la ceden por completo a las máquinas, generando una nueva forma de desigualdad que ya no sería solo de ingresos, sino también intelectual.
“Si delegás el criterio en la inteligencia artificial, caés en el sedentarismo cognitivo”, aseguró Belén Ortega, a La Nación.
La preocupación no es de ahora, sino que ya en 2024, una investigación de la Universidad de Toronto había encontrado que el uso sostenido de modelos de lenguaje tiende a homogeneizar las ideas de las personas y debilita su capacidad de pensar de forma original con el paso del tiempo.
Cómo usar la IA sin perder el criterio propio
Lejos de proponer alejarse de la tecnología, Ortega plantea un criterio práctico: reservar la IA para tareas repetitivas y operativas, y usarla como apoyo (nunca como reemplazo) en decisiones que involucran juicio, estrategia o vínculos humanos. Según explica, la clave está en pedirle a la herramienta que no invente respuestas y que, antes de responder, formule las preguntas necesarias para entender bien el pedido, en lugar de completar vacíos de información por su cuenta.
El planteo de Ortega no busca demonizar la inteligencia artificial, sino advertir sobre un uso pasivo que puede pasar desapercibido hasta que ya generó daño. La diferencia, según su enfoque, no está en cuánta IA usamos, sino en si seguimos ejercitando el pensamiento propio mientras la usamos. En un contexto donde estas herramientas están cada vez más integradas a la vida cotidiana, mantener ese criterio activo podría ser, paradójicamente, la habilidad más difícil de automatizar.
