El mayor gestor de activos del mundo y el mayor tenedor institucional de bitcoin apunta a los mismos cuellos de botella que estrangulan a la infraestructura cripto: energía, chips y cómputo.
BlackRock, la gestora que administra más de 11,5 billones de dólares en nombre de gobiernos, instituciones y particulares, publicó su Midyear Global Investment Outlook —el informe con el que orienta sus apuestas para la segunda mitad del año— y lo organizó alrededor de una tensión: escasez contra abundancia.
La inteligencia artificial (IA) podría acelerar la innovación y elevar el crecimiento económico hasta inaugurar una era de abundancia; o los límites físicos podrían imponerse antes. La firma se inclina por lo segundo: el mundo, dice, está hoy en estado de escasez.
Lo interesante para cualquiera que siga la infraestructura digital es dónde ubica esa escasez. No en el software ni en los modelos, sino en la energía, las redes eléctricas, los chips y los data centers (centros de datos, las instalaciones donde se aloja el cómputo). Son los cuatro cuellos de botella que el informe señala como las oportunidades de inversión del semestre, tanto en mercados públicos como en el equity —el valor patrimonial de los inversionistas— de infraestructura.
“La construcción de la Inteligencia Artificial está pasando por un periodo de escasez, los cuellos de botella son la energía, los chips y los data centers”, explicó a la revista CAMBIO Diego Mora, CEO de BlackRock para Colombia, Perú y Centroamérica. “Esto se puede expresar tanto en las inversiones públicas como en el equity de infraestructura, como es el caso de los data centers.
Ahí vemos oportunidades”. La consecuencia práctica, según el ejecutivo, es que la vieja receta del portafolio diversificado —acciones para crecer, renta fija de largo plazo para el ingreso— dejó de funcionar sola. “Cada vez la selectividad es más importante”, resume.
América Latina llega mejor parada, pero con la letra chica en el frente fiscal
El informe describe a América Latina entrando al segundo semestre de 2026 con un entorno macroeconómico más favorable que el de buena parte de los mercados emergentes: desinflación sostenida, marcos monetarios creíbles y fuerzas globales que están reordenando el crecimiento y los flujos de capital. La región no es homogénea —BlackRock insiste en eso— pero está, en su lectura, bien posicionada para capturar varias de esas tendencias.
El desglose país por país es un catálogo de piezas que le interesan a la economía del cómputo. Perú aparece por su minería y por los materiales críticos que alimentan la construcción de la IA, con el cobre a la cabeza; Chile, por un boom minero y un nuevo plan de infraestructura; México, por el nearshoring (la relocalización de la producción cerca del mercado de destino) que acerca los centros tecnológicos a Estados Unidos; Brasil, por la agroindustria, la energía y una política monetaria flexible; Argentina, por un escenario de estabilización tras años de incertidumbre.
Colombia entra en la lista con una advertencia. “Colombia tiene unas restricciones fiscales innegables. Ese es el punto flaco. Hay vulnerabilidades, pero también oportunidades”, dijo Mora, que ve la salida en una reactivación del modelo de alianzas público privadas (APP) para infraestructura —porque la caja del gobierno no da— y en el sector energético.
El riesgo, subraya, es político: el ciclo electoral brasileño, la transición de poder en Perú y el arranque del gobierno de Abelardo de la Espriella en Colombia son variables que la firma ya metió en sus modelos. Sin credibilidad fiscal, las tasas reales altas de Brasil y Colombia dejan de ser una oportunidad y se vuelven una alarma.
El mismo BlackRock que compra data centers es el que custodia el bitcoin institucional
Aquí conviene detenerse en algo que el informe no dice con todas sus letras. BlackRock no es solo el mayor gestor de activos del planeta: es también el mayor tenedor institucional de bitcoin del mundo a través de su ETF al contado IBIT —iShares Bitcoin Trust—, que rondaba los 46.300 millones de dólares en activos netos a comienzos de julio de 2026, y el dueño del fondo tokenizado más grande que existe, BUIDL, con unos 2.500 millones de dólares y un uso creciente como colateral en los mercados cripto.
Cuando una firma con ese balance declara que los cuellos de botella del ciclo son la energía, la red eléctrica, los chips y el cómputo, está describiendo —sin nombrarla— la misma restricción física que enfrenta la infraestructura cripto.
Minería, validadores, nodos y data centers compiten por el mismo megavatio y el mismo semiconductor que los modelos de IA. La reconversión de granjas de minado hacia cómputo de IA, que ya viene ocurriendo, es el síntoma más visible de esa competencia por un recurso escaso.
Y es el mismo BlackRock cuyo CEO, Larry Fink, puso la tokenización en el centro de su carta anual de 2026 —representar la propiedad de un activo como un registro en una cadena de bloques—, con el argumento de que abrirá el acceso a las inversiones como internet abrió el acceso a la información. Las APP de infraestructura que Mora reclama para Colombia son, en teoría, exactamente el tipo de activo ilíquido y de ticket alto que la tokenización promete fraccionar.
El capital digital no esperó la credibilidad fiscal
Mientras el capital institucional condiciona su llegada a la región a la disciplina fiscal y a la estabilidad política, otro flujo ya entró por una puerta distinta y sin pedir permiso. América Latina movió cerca de 324.000 millones de dólares en stablecoins —criptomonedas de valor estable, ancladas por lo general al dólar— durante 2025, un salto interanual de alrededor del 89 por ciento que la convierte en el mercado de adopción más rápido del mundo.
En Brasil, más del 90 por ciento de los flujos cripto están ligados a stablecoins; en Argentina superan el 60 por ciento. En 2026, por primera vez, las stablecoins pasaron a bitcoin como el activo más comprado por los usuarios latinoamericanos.
La lógica de ese capital es la inversa a la del informe. No llega porque las tasas reales sean atractivas, sino porque la inflación, la volatilidad cambiaria y los controles de capital hacen del dólar digital una necesidad doméstica. No espera a que un gobierno recupere la confianza de los mercados: opera pese a ella. Y ya tiene volumen corporativo —Bitso procesa unos 6.500 millones de dólares anuales en el corredor Estados Unidos–México sobre rieles de stablecoins— y marcos regulatorios propios, como las resoluciones 519, 520 y 521 del Banco Central de Brasil, vigentes desde febrero de 2026.
El resultado es un mapa de dos capas sobre el mismo territorio. La de arriba —la que dibuja BlackRock— condiciona la inversión en energía, cobre y data centers a que Colombia y sus vecinos convenzan a los mercados de que la cuenta fiscal cierra. La de abajo ya está construida y crece a doble dígito sin ese permiso. La pregunta del semestre no es cuál de las dos gana, sino en qué punto se tocan.
